La forma en la que te hablas importa, y mucho
En la actualidad hablar de salud mental es cada vez más habitual. Esto nos ha ayudado a, cada vez más, prestar atención a cómo nos tratan los demás y a qué necesitamos de nuestras relaciones. Sin embargo, con frecuencia seguimos pasando por alto el cómo nos tratamos a nosotros mismos, cuando es la relación con uno mismo la que más influye en cómo interpretamos lo qué nos ocurre, cómo lo afrontamos y cómo nos valoramos.
Quizá seas capaz de reconocer tus logros, pero les restes importancia o inmediatamente encuentres aspectos a mejorar. Tal vez un error ocupe espacio en tu mente durante días, mientras que aquello que haces bien apenas ocupa unos minutos. O puede que parezca que nunca consigues tus propias metas, y te sientas menos capaz por ello. Si esto ocurre de forma habitual, puede que vivas tratando de demostrar que eres suficiente.
Los efectos de la autoexigencia y cómo impacta a nuestras emociones
La exigencia y los retos personales pueden ayudarnos a avanzar, pero cuando la autoexigencia es excesiva, tiende a llevarnos a marcar objetivos casi imposibles de alcanzar y a vivir en constante sobreesfuerzo, afectando nuestro bienestar emocional.
Esto suele aumentar la autocrítica, ya que sentimos que debemos hacerlo mejor siempre, y empezamos a cuestionar continuamente nuestras decisiones, centrarnos en los errores, compararnos con los demás o sentir que nunca hacemos suficiente. Y termina generando ansiedad, frustración, tristeza, culpa, inseguridad o miedo a equivocarnos.
El problema no nace de saber reconocer los propios errores, sino que aparece cuando el «no he conseguido lo que quería» se convierte en «no soy suficiente», transformando la mirada que tenemos sobre nosotros mismos.
Autoestima, autoconcepto y autoeficacia: el triángulo del bienestar emocional
Para analizar la mirada sobre nosotros mismos, en psicología utilizamos tres conceptos relacionados entre sí: autoconcepto, autoestima y autoeficacia.
El autoconcepto es la imagen y creencias que hemos construido sobre quiénes somos. Son características, capacidades o formas de relacionarnos que no tienen valoración positiva ni negativa, sino que simplemente buscan definirnos.
La autoestima, en cambio, sí pretende valorar esa definición y conlleva a connotaciones positivas o negativas, influyendo directamente en cuánto nos aceptamos y en cómo nos sentimos con nosotros mismos.
Finalmente, la autoeficacia es la percepción que tenemos sobre nuestra capacidad para afrontar determinadas situaciones y conseguir aquello que nos proponemos, y queda bastante determinada según nuestro nivel de autoestima.
Cuando nuestra mirada hacia nosotros mismos está dominada por el error, la comparación o la exigencia, no solo cambia cómo nos sentimos: también puede cambiar la imagen que construimos de quiénes somos y de lo que nos creemos capaces de hacer.
El origen de tu voz interior: ¿cuándo aprendiste a hablarte así?
Nuestra forma de mirarnos no aparece de la nada. Se construye a lo largo de toda nuestra historia. Las experiencias familiares, la forma en que fuimos valorados de pequeños, las expectativas, las comparaciones con otros, las críticas o la necesidad de sentirnos aceptados influyen en la manera en que aprendemos a evaluarnos.
De pequeños, empezamos a construir la mirada sobre nosotros mismos a partir de la mirada de los demás.
Esa voz que hoy te dice «deberías hacerlo mejor» quizá no haya empezado contigo. Aprendiste a hablarte y a valorarte en base a cómo lo hicieron otros, según la aprobación, el rechazo y la validación de ser o no ser suficiente que te dieron.
Una relación más sana contigo mismo es posible
Comprender de dónde viene esa voz crítica, qué intenta conseguir y cómo está influyendo en tu autoestima puede ayudarte a entender por qué resulta tan difícil reconocer tus propios logros o permitirte equivocarte. Ser exigente y tener metas propias no significa que tengas que vivir en guerra contigo.
La terapia puede ser un espacio para explorar esa historia y trabajar la relación que mantienes contigo, para empezar a cuestionar el cómo te hablas, y que tu valor no dependa constantemente de lo que haces, consigues o dejas de hacer.
No necesitas ser otra persona ni parecerte a nadie para tener valor. A veces, la clave no está en cambiar quién eres, sino en aprender a mirarnos de otra manera.